domingo, 5 de febrero de 2017

Del "Sermón de Dejar de Ser" por ¿Agustín García Calvo?

Illustration by
Stuart Sutcliffe


     (c)

     Pues a muchos oigo que lamentan las delicias
pasadas, lloran por los gozos de su antaño
perdidos, y hasta en medio del infierno hacen
144    que una tierna boca diga “No hay mayor tormento
que el acordarse en la miseria de otro tiempo
feliz”.     Tú no les oigas: ésos son los mismos
que te invitan a trabajar, sufrir, pasarlas negras
de momento, negociar, ahorrar, en la esperanza
de así alcanzar la felicidad mañana y luego
                la gloria eterna.     Acaso, con sus verbos, crean
                que hubo o que lo habrá o que puede haber un tiempo
feliz.     Pues no: yo no les acompaño en ese
desprecio de la memoria: cualesquiera gozos
que me vuelvan al acordarme de una cara linda
sonriente, de los olores de una vieja casa
156    olvidada, de unos labios que sin saber se abrían
de deseo, de una niebla con que el turbio río
abrigaba la tristeza de uno que asomaba
del puente, los recibo con agradecimiento
de mis carnes, como bálsamo de las miserias
                reales en que me halle hundido.     Y que no vive
                eso que se te recuerda ni después ni antes,
ni lleva fecha alguna escrita.     Ni mi nombre,
ni se sabe si ha del hondo de mi niñez brotado
o de la niñez del mundo: era algo ahora,
y ahora no es momento alguno.     Es la rotura
de la mentira, ahora mismo que lo digo,
168    del tiempo de calendario y de reloj que cuenta
desde mi muerte a casi ahora.     Y cada recuerdo
cualquiera que ha logrado atravesar por medio
de tanto estrépito y basura hasta tocarte
de nuevo el corazón, con ello ha demostrado
                    que era algo bueno, bueno.     Y no pertenecía
al orden y servicio de esto que te venden
por mundo.     Y que merece bien que lo agradezcas
y vivir te dejes del recuerdo que ni es tuyo
ni de nadie.
                  (c’)
                  Claro que eso te requiere, al paso,
que te desprendas de tí mismo.     Pero eso
es tan sencillo… Basta ya con que te mires
180    al espejo. Dí: ¿qué ves?     Ahí lo veo a uno
que algunas veces es más feo y es más viejo
de lo que a este lado yo lo soy, cuando otras veces,
según de mis ojos el humor o la luz que caiga,
aparece irisado y juvenil.     No te distraigas
con fantasías: lo que importa es que te aclares
de si es el mismo que tú ése o si eres otro.
     Pues, bueno, por un lado, es claro que es el mismo
que yo: cada pestañeo, cada temblorcillo
que yo haga, (¿ves?) lo va él haciendo al mismo tiempo
lo mismo.   Ya lo veo; pero ¿por otro lado?
    Por otro, no, yo no soy ése: ¡si es del todo
 192   al revés que yo! Que es que este anillo que yo llevo
en el anular de mi mano izquierda (mira) ése
lo lleva en su derecha, como si en el mundo
de tras el espejo no rigieran estas leyes
que en el nuestro.     ¿Sino precisamente las contrarias?
                      Acaso. Pero, a ver, hermano, ¿cómo quieres
que lo compare eso con esto y que decida
si soy el mismo o no, cuando eso es una imagen
tan sólo, y aquí somos realidad palpable?:
para eso habría de poder yo mismo verme
como a él lo veo.     Claro; y verte sin espejo
no sabes.     ¿Quién va a ver al que lo está a él viendo?:
204    no se puede.     No; y ya ves, hermano, sin embargo,
que te veo y que me ves, tu espejo yo, tú mío.
     Y ¿le pasa igual a esa mariposa misma
(su par de alas iguales, pero tan seguras
de ser siniestra y diestra que ni Dios podría
cambiarlas una en otra) si se mira en ese
charquito?     ¿Es que ella puede verse? Tú la ves
mirándose en el charquito y lo dices tú por ella:
si no estuvieras tú…
                               (d)
                                Yo, yo; si no estuviera
yo, y siempre yo. ¡Qué fe! Me estoy hartando mucho
de mí.     

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