viernes, 21 de agosto de 2015

LA SIMA DEL SECRETO. Miguel de Unamuno.



LA SIMA DEL SECRETO
Miguel de Unamuno


    Había en el centro de aquel reino un bosque vasto y espeso. Crecían en él, lozanísimos, toda clase de árboles de verdura perenne. No amarilleaban por otoño, ni tenían que volver a vestirse de tierno verdor por primavera. El sol no entraba a calentar el césped de su suelo; tan espesa era la fronda. Y serpenteaban dentro de él varios arroyos. No le molestaban fieras. Sencillas sendas, trazadas por los pies de los caminantes, casi siempre a la vera de los arroyos y siguiendo el curso de éstos, llevaban a un descampado que en el centro del bosque había.
Nadie recordaba que en el descampado aquel hubiese llovido nunca, y era tradición antiquísima, general y constante la de que, en efecto, nunca llovió en aquel claro del bosque. Aun en los días de tormenta, que eran muy pocos, parecía como si se hiciera un hueco en los nubarrones para que aquel misterioso descampado no se mojara con agua del cielo. Y en el descampado aquel estaba la sima.
La sima era un agujero rocoso, una boca de piedras, de donde partía un senderillo de bajada muy rápida, pero cómoda. El senderillo se iba metiendo en la cueva, hasta que a eso de unos doscientos pasos torcía en recodo, detrás de una roca saliente, y se perdía en el fondo.
    Nadie sabía ni podía saber lo que después del recodo, en el fondo de la sima, hubiese. Ninguno de los que lo habían franqueado había vuelto jamás, ni dado señal alguna por la que se barruntase algo de su suerte. Por allí ha­bían entrado niños, mozos, hombres fornidos; mujeres, ancianos, locos y cuerdos, tristes y alegres, y nadie había dado nunca muestra de lo que hubiese. En cuanto franqueaban el recodo no volvía, a saberse de ellos; ni ruido de caída, ni un grito, ni un quejido, ni un suspiro siquiera. Les tragaba un silencio entero y lleno.
Pero este silencio de la sima no era sino cuando ella recibía a sus devotos. En ciertos días, más en otoño que en otra estación del año, y a ciertas horas, a la caída de la tarde, salía del fondo de la sima una música misteriosa envuelta en un vaho de un aroma embriagador y extra-mundano. Oíase como el canto lejano, lejanísimo, de una numerosa procesión, un canto arrastrado, melancólico y quejumbroso de una muchedumbre. Pero la lejana y musical quejumbre era de una melancolía dulcísima y aquietadora. Oyéndola es como se metían en el fondo de la sima muchos de los tantos y tantos que de continuo vagaban por la boca de la cueva.
    Se habían hecho toda clase de pruebas y de ensayos. Había entrado algún sujeto por una fuerte cuerda para poder tirar de' ella a una señal, y siempre que se intentó esto hubo que retirar la cuerda, suelta ya, sin que precediera señal alguna. Una vez se le ciñó a uno la cintura con un cincho forjado y sujeto por una cadena forjada también, y hubo qué retirar cincho y cadena sin el hombre a quien sujetaban. ¿Cómo había podido escabullirse de ellos ? Otra vez. entró otro llevando a cuestas el cadáver de un amigo —se quería saber si la sima admitía muertos—. El cadáver apareció por la mañana en el senderillo, delante del recodo, pero del viviente que lo llevara no volvió a saberse, como era de regla, nada. Y no cupo duda ya de que la sima no admitía sino vivos.
Otro ensayo se propuso y se llevó varias veces a cabo, cual fué el de hacer entrar en la sima a los animales. Y éstos salían al poco rato, pero salían como despavoridos o aturdidos y no volvían a cobrar voz en su vida. Salían mudos. Animal que volviese de la sima no ladraba, o maullaba, o balaba, o mugía, o rugía, o cacareaba en el resto de su vida. Y no se observó que entrase ni rana, ni ratón, ni lagartija, ni mosca, ni mosquito.
Se hizo también, más de una vez, la prueba de acercarse varios cojidos de las manos. Y unas veces al acercarse el primero y trasponer el recodo se desprendía de su compañero, por fuerte que éste le tuviese prendido, perdiéndose silenciosamente en el fondo, o se perdía en él la cadena toda de hombres.
Habíanse perdido en el fondo misterioso y musical de la sima toda clase de personas. Ya un padre de familia atraído por el misterio aquél. Y luego sus hijos se asomaban al recodo a llamarle: "¡Padre!, ¡padre!", y se perdían tras él. Mas lo que tenía alarmado al rey y al reino lodo, era la frecuencia con que se dejaban tragar por la ,sima parejas de jóvenes enamorados y de recién casados. Aquel era uno de los favoritos viajes de novios; un viaje sin vuelta. Y a pesar de la prolificidad del reino aquél, donde era raro el matrimonio que tuviese menos de diez hijos, esta continua pérdida de jóvenes parejas inquietaba a los gobernantes.
Un sagrado respeto había vedado a los reyes todos de aquel reino el prohibir el acceso a la sima. Y hasta hubo un rey que se perdió en ella, después de lo cual ningún otro volvió a acercársele. Pero el encanto fatídico llegó a ser tal, que al fin se resolvió una vez poner a la boca de la sima centinelas que por la fuerza de armas impi­diesen su entrada. Pero acababan siempre por entrar los centinelas mismos, por rendirse la guardia, y tras ella todos aquellos que habían estado contenidos.
  Era no poco extraño lo que pasaba con los suicidas. Parece lo natural que en aquel reino no los hubiese, pues los que sintieran tedio o aborrecimiento de la vida habrían de meterse en el fondo de la sima en vez de matarse. Y, sin embargo, no era así. Los suicidas abundaban en aquel reino de la sima misteriosa, y los más de ellos se cometían a la boca misma de la cueva. Y se observó que eran de aquellos que habiendo intentado perderse en ella, se volvían a los pocos pasos, antes de llegar al fatídico recodo. Una vez un pobre hombre que sufría una dolorosísima dolencia crónica y a cuyos dolores no podía resistir, se suicidó dejando escrito que si no se metió, senderillo adentro, en la sima, era por temor de que allí dentro le continuasen los dolores sin poder ya quitarse la vida, por temor de una pena inmortal.
  El gobierno aprovechó la sima para sus condenados a muerte. En vez de ejecutarlos, se les obligaba a entrar en la cueva, lo cual hacían ellos, claro está, con el mayor gusto. No todos, sin embargo. Los hubo que, presa de un sagrado temblor, se negaron a entrar, y eso que a la boca, un piquete de arqueros les amenazaba con asaetarlos si no entraban. Y más de una vez hubo que retirar del fondo de la boca, de junto al recodo, el cadáver de algún condenado que prefirió la muerte al sufrimiento aquel.
     Una vez llegó de un país distante y vago, de una lejana tierra de la que sólo la existencia se conocía, un anciano ciego y mendigo, acompañado de un jovencito lazarillo. El viejo no hablaba sino su lengua, una lengua completa y absolutamente ininteligible para los del reino éste. Cuando hablaba con su lazarillo, por breves que fuesen sus palabras, no podían adivinar de qué le hablaba. El lazarillo chapurreaba algo la lengua del país. El viejo ciego cantaba algunas veces y su canto tenía una remota semejanza con el canto lejano y misterioso que sé oía salir, en los atardeceres de otoño y envuelto en vaho de aromas  embriagadores,  del  fondo de  la  sima.  Era  un canto como el canto aquel con que acompañaba su trabajo Lázaro, el hermano de Marta y María, en su segunda vida, después que el Cristo lo resucitó de la tumba. Y todos se paraban a  oír al pobre ciego y todos oyéndole se sentían movidos a ir al bosque, penetrar al descampado y perderse en la sima.
Y sucedió que el viejo y ciego mendigo encaminó sus pasos, con el lazarillo, al bosque y de allí al descampado y a la cueva y atravesando una apiñada muchedumbre penetró, guiado por su lazarillo, senderillo adelante y entró en la sima cantando. Y el mozo que le guiaba no volvió, pero él, el ciego, volvió a salir: ¡el único desde hacía siglos! Todos se apelotonaron a verle. Volvía ciego como entró. Y nadie entendió una palabra de cuanto decía, y ni por el tono, ni por el gesto, ni por el aire se pudo traslucir cosa alguna. Se perdió en la espesura del bosque y no se volvió a saber de él. Pero su vuelta de la sima, vuelta única, selló al pueblo aquel con una impresión imperecedera.
 Y en aquel reino toda la vida, absolutamente toda, pendía del secreto de la sima. Todo su arte, su ciencia, su literatura, su gobierno, giraba en torno de ella. Y no es que la gente no se muriese como en otras partes, ¡no! La mayoría de los habitantes moríase como en otros reinos se muere, de las mismas dolencias y del mismo modo.
 Había siempre en los alrededores de la boca de la sima una muchedumbre de gentes fascinadas que se pasaban las horas, los días, los meses y los años, algunos la vida entera, contemplando el recodo. Y cuando salía del fondo, aquel canto melancólico y pastoso de coro lejano, aquella muchedumbre se apiñaba a embriagarse con la música extraña y con el aroma, no menos extraño, que la envolvía. Los más de aquellos desgraciados no se atrevían a entrar, y moríanse miserablemente, en los alrededores de la boca de la cueva, anhelando su fondo. Las próximas espesuras del bosque estaban llenas de chozas y tiendas donde se albergaban aquellos infelices fascinados. Y cuando alguno de ellos se decidía por fin a entrar, mirábanle los demás con terror y con envidia. Y siempre, siempre, siempre, a pesar del continuo desengaño, le decían al despedirle: "Manda decirnos qué hay dentro; contéstanos cuando te llamemos." Y jamás contestó nadie de los que entraron.
Había en el reino muchísimas personas, las más de ellas seguramente, que nunca se habían acercado a la sima y ni aun al bosque que la protegía, pero éstos no estaban menos que los otros bajo la fascinación del secreto de la cueva. Algunos, no pocos, hasta se indignaban de que se hablase de tal cosa, pero eran tal vez los que más pensaban en ella. Y no faltaban tampoco, aunque se les pudiese contar con los dedos, los que negaban que tal sima existiese siquiera.
En aquel reino toda filosofía, toda ciencia, todo arte, toda literatura, estaba, como dijimos, penetrada del secreto de la sima y estaba más penetrada de él toda filosofía, toda ciencia, todo arte, toda literatura, que se proponía expresamente ignorar el secreto. Cuando menos se hablaba de él, estaba más presente a las imaginaciones de los que así lo callaban.
Había —¿y cómo no?— entre los pensadores de aquel reino multitud de hipótesis y teorías sobre lo que pudiera contener la sima. Alguien había propuesto penetrar en ella por otro camino, abriéndolo por ingeniería, pero nunca se pudo encontrar obrero que se atreviera a dar el primer picazo. Recordábase que un rey quiso una vez cerrar la boca de la cueva tapiándola, y cuando pusieron mano a la obra, o entraron en la sima abandonando el trabajo o murieron muy pronto. Y por la mañana encontrábase siempre deshecha la obra del día anterior. Y así es como hubo que renunciar a ello.
Entre los pueblos comarcanos a éste de la sima, el secreto de ésta era un motivo de burla mezclada de terror. Cuantos extranjeros habían acudido a este reino a explorar el secreto, o no lo habían explorado siquiera, o no habían vuelto a su patria a contar lo que vieron, por haberse dejado ganar del extraño encanto perdiéndose en la sima, o habían vuelto sin haber podido entrar siquiera en el bosque. Extranjero que entraba en el bosque y llegaba al descampado aquel donde no llovía nunca, se metía infaliblemente en el fondo de la sima. No hubo excepción a ello.
De los extranjeros que no lograban entrar ni aun en el bosque —tal repulsión les causaba— y averiguaban sus noticias todas por lo que oían contar a quienes tampoco entraron en él nunca, los unos fingían tomarlo a burla, los otros se encogían de hombros, y otros, en fin, daban una explicación simbólica de todo ello.
Pero estas explicaciones, las simbólicas y alegóricas, eran las más desacreditadas entre los que sabían algo del bosque siquiera. No se trataba de un símbolo, no, sino de una realidad muy real.
No se trata de un símbolo, no, ni de una alegoría; no se trata de un pensamiento abstracto, de una reflexión sociológica, revestida de una forma concreta y alegórica. No.

*

  Ayer, ocho de este mes de setiembre, de este mes tan dulce entre mis montañas vascas, fui bordeando el castillo de Butrón por las orillas del río de este mismo nombre, y vi luego al mar tenderse agradable entre las peñas, con que se cierra la playa de Gorliz. Y volví luego a este Bilbao, a este mí Bilbao, y me acosté en el cuarto mismo de mis mocedades. Y tardé en dormirme, dando vueltas y más vueltas en la cama, y preparando en ella lo que he de decir pasado mañana en el homenaje al malogrado escultor bilbaíno Nemesio Mogrovejo, muerto en la flor de su edad.
Entre las obras de Mogrovejo hay un relieve que representa el suplicio del conde Ugolino, tal como en la Divina comedia nos lo cuenta escultóricamente Dante. Y anoche me dormí, después de no pocas vueltas, pensando en la Divina comedia.
A eso de la medianoche me despertó una gran tronada con fuerte aguacero. Y al despertar me encontré con el relato este del secreto de la sima. Y me encontré con él sin precedente, sin explicación, sin símbolo, con todas sus íntimas contradicciones. Y todo él, entero, con sus detalles todos. Encendí la luz y me puse a escribirlo, a escribirlo al dictado.
  Al dictado, ¿de quién? No lo sé. ¿De dónde me ha venido este relato? No lo sé tampoco. Lo único que sé es que no es un símbolo, no es una alegoría, no es lo que es. A mí me lo contó alguien, no sé quién, y yo os lo cuento como alguien a mí me lo ha contado.


lunes, 17 de agosto de 2015

AQUELLA MUÑECA




  Aquella muñeca blandita, que cogíamos de la cintura, y miles de interpretaciones, ella por nosotros, hacía! Con una sola cara, a todo gesto teatral, respondía ¿Era una sola cara con mil millones de gestos? o ¿Un gesto con mil millones de caras? Seguro, que para el común, no les venga demasiado contrario al sentimiento, que muñecas, hablen. Las muñecas hablan. Entonces, mira, no te pongas a hacer una escena porque a tu muñeca se le han gastado las pilas, o se rompió. Y pon oído, a lo que te dice! Solución de los Padres ante la escena de la hija, sin muchas más explicaciones.¿Eso? Eso no pasa ná del otro mundo:  t e   c o p r a m o s   o t r a... Pero la niña que era algo un poco indomable en corazón, miraba a sus padres, algo desconfiada de la solución tan sencilla y rápida. El deseo ya proyectado en una muñeca, en este ejemplo, es lo mismo que la vida de mayor. Conformarse con sustitutos del deseo.
 

miércoles, 5 de agosto de 2015

LETREROS, RELACIONES SIN DISTANCIA Carmen Martín Gaite

Carmen Martín Gaite

LETREROS, RELACIONES SIN DISTANCIA 


La mayoría de las cosas que se dicen no son palabras. Cada uno de nosotros ha llegado, lamentablemente, a ser el abogado defensor de una situación personal. Nótese hasta qué punto es esto cierto, parando mientes en el hecho de que son muy pocas las frases que no comienzan diciendo: «pues yo eso no lo hago» o cosas análogas. Hay un deseo de justificarse en una selva donde cada uno esgrime su letrero; no se oyen las palabras, se mira el letrero de quién las está diciendo y si ese letrero no existe entonces se escuchan algo más, pero siempre con vistas a colgarlo y quitarse de encima el peligro de una agresión inesperada: «Ah, ya. Habla en moralista» o bien: «Es un teórico» ,  «es un reaccionario». Y todas las palabras que dice se oyen teñidas de ese color. La sociedad que es bien sabia rechaza como primer revulsivo las palabras desconcertantes. Nótese que no me refiero a las inauténticas. No rechaza, por supuesto, a las inauténticas o ambiguas, sino a las pocas que van por libre, vayan por donde sea. Y aún para éstas han creado carteles como el de «extravagante» y «poseur», también el de «individualista».
     Con lo de los letreros se pretende –yo creo– orientar a los demás más que orientarse uno mismo, que suele estar –como es de ley en el mundo– desorientadísimo; y esta situación sólo se remediaría precisamente dejando de pensar un poco en el letrero que nos cuelgan o en el que deseamos colgar al recién conocido, y hacer esta renuncia, no porque sí, sino en atención a un mayor respeto por las palabras que dice. Es bien claro que si otro dice tonterías, debemos rechazarlas como tales tonterías, pero no atacarle a él ni al letrero que lleva.
      Esto –en pequeño– es lo que pasa en las relaciones familiares (matrimoniales sobre todo). Mucho se habla de la inveterada incomprensión entre marido y mujer, pero pocas veces se paran los que padecen a analizar sus raíces. Y sus raíces están en este mismo hecho que he señalado del apasionamiento, de la falta de distancia. Pocas veces en una conversación entre cónyuges se esta hablando de algo ajeno a la conversación, por eso las riñas de novios uno suele recordar dónde se produjeron, pero nunca lo que se trató de nada.
       ¡Y lo importante es que al hablar se trate de algo: por eso hay que establecer la distancia suficiente. No estar mirando al que habla y pensando en él como una presa a cazar. Sino tener la buena voluntad de tener la atención abierta a lo que dice.¿Qué dice tonterías? ¡Duro contra ellas y sin piedad! Pero la persona tendría que estar a parte de estas cuestiones, que se llaman intelectuales. No debería sentirse uno tan movido instantáneamente a disculparla en nombre de que lleva un letrero afín al nuestro, o lapidar a veces por simple sospecha, porque nos parece que lleva otro que consideramos
–tal vez erradamente– como enemigo.
      En razón inversa a lo que parece que sería deseable, ocurre lo que tanto me pasma y que ha sido el motivo principal de estas meditaciones. He constatado que la gente para las tonterías en sí mismas, para los más gruesos errores, tiene una manga ancha fabulosa.  Hay, en el fondo un total desprecio para lo que se dice; se admiten opiniones gratuitas u hay una gran tendencia en cambio a anestesiar el defecto desagradable (con tal de que no inquieten) de las palabras cuando llevan preguntas que ponen en relieve la complejidad de una situación y la necesidad urgente de pasar a estudiarla a fondo.
    La gente quiere estar de acuerdo en lo que sea, con los pocos o con los muchos, hay una prisa fulminante por estar de acuerdo en algo, por quemar las etapas espinosas. Incluso por negarlas. (Impaciencia de los jóvenes).

sábado, 25 de julio de 2015

Y tu falta ¡Cómo es real y grande! Por Agustín García Calvo. De Canciones y Soliloquios. editorial LUCINA.


¡Para aquellos que nos faltan!

   Dedicado, desde la tristeza más grande y profunda, a la memoria siempreviva del Príncipe Galín de Galicia, Juan Manuel Marí Solera, y no a su muerte, porque más o menos de alguna  manera no hay quién pueda morir de verdad, como suelen  noticiar los periódicos, que bien pronto noticias de su muerte, y a Mario Gómez del Estal, que acaba hace muy poco también de fallecer. Seres tan estraordinarios y amigos de cantes, compañeros de miles de tertulias en el Ateneneo de Madrid, durante muchos años. Pérdidas que no podemos de ninguna manera creer... Por ellas! y por el recuerdo de Agustín, que no morirá jamás, y de tantos abuelos rebeldes, que siguen y han seguido en esta  provocadora, insolente y algo pervertida Tertulia, que han seguido en la lucha y la continúan.

 LX
 
Cuántas veces por esta escalera he subido
pensando en encontrarte
a la puerta del cuarto en la sombra tardía
que estabas esperándome
y  que  <<Hola>>  decías <<Ya ves, he venido.
¿Qué tal vas? Buenas tardes>>
o al menos clavada en la puerta una hoja
<<He estado aquí. ¿Qué haces?
Te espero a las nueve en la bar de la esquina.
Abrazos. No me faltes>>,
y hasta abría con tiento la puerta, si acaso
por debajo lo dejaste
tu recado; y al dar todavía la luz
¿habré de confesarte
que mirado mil veces nacer de la sombras
aquel baúl, el catre
dormido, el perchero vacío, el espejo
que a mí me ve mirarme?;
y eso era imposible, que ¿cómo podías
haber entrado? Aunque
puede ser que tú sepas vencer las paredes
y obstáculos legales.
Pero el caso es que no, nada nunca ha pasado,
si no lo que se sabe
que jamás podrá ser  lo que en vano se espera
que inesperado pase;
nada había jamás, nada dentro ni fuera.
Oh nada, que era nadie.
Y si acaso venía alguno y dejaba
algún recado alguien,
ese nunca eras tú, era otro cualquiera
que no eras tú, que casi
se le odiaba de haberme fingido llenarlo
vacío de tu carne;
y si uno un momento se te parecía
( un poco : no te enfades ),
peor era, peor : que tu sombra temblaba
herida allí en aire,
para al fin resultar que tampoco eras tú
sino equívoco frágil :
¿cómo iba a ser tú, si era otro, y tú solo eres
tú solo, y sólo cabe
decir que eres tú, que tú eres... no, nada :
¿qué nombre voy a darte?
Sólo sé que no eras ni ése ni el otro,
que no eres nunca nadie.
Pero dime quién eres. Acaso si un día
aquí te presentases,
¿te reconocería? ¿Sabría que eras
tú? Tanto que tardaste,
casi ya me olvido cómo eras de alto,
cómo tus ojos, cuáles
de tu mano los vuelos hablando, tus pechos
si chicos o si grandes,
si tu voz suena ronca o si clara, tus labios
abiertos como saben,
sino sólo que saben a ti. Pero tú
¿quién eres? Sé que antes
lo sabía, que alguna vez supe quién eras,
que hasta he sabido hablarte
por tu nombre y decirte <<Mi prenda, tesoro,
mi rey, mis capitales>>;
pero ya de tal modo la niebla me borra
las redes de las calles
que hasta aquel mi saber de quién eras ahora
a sueño vano sabe;
tan sólo me queda el pobre y claro
saber de quién y cuáles
no son tú y tú no eres, saber trasparente
como un espejo al que
el que había detrás le había raído el azogue
por ver al de delante,
y tan limpio quedó que sin duda se queda
cristal o sólo el aire
dividiéndolo al uno del otro, de modo
que no haya ambigüedades
y que no confundamos a éste con ése.
Y estoy casi en trance
como aquel de aquel niño, que bien lo recuerdo :
¡ si no lo recordase! :
doce años tenía, ya iba por poco
más alto que su padre;
se quedaba en su cuarto de pronto callando
allá al mediar la tarde;
se quedaba pensando << No sé qué me pasa,
como un deseo grande
de una cosa que falta, y no sé de qué cosa
deseo >>. En los vitrales
se agriaba el día, sonaba en la sala
el péndulo; y dudándose,
él salía al pasillo, diciéndose << Sed.
Un vaso de agua grande>>;
 y del grifo llenaba un vaso de agua
más clara que una frase
de su libro de Lógica, y se la bebía,
agua que no se sabe
si la sed le quitó, si era sed o si era …
¿cómo querrá llamarse?
Pues así yo ahora no sé ni tu nombre,
tu cara ni tu talle,
sino sólo al venir y sentir tu vacío
el corazón llenarme,
que me digo  << Es amor, el amor que >> me digo
<< ha entrado a visitarme,
el amor de ti solo, el amor de ti mismo >> ;
pero es hablar de balde :
yo ¿qué sé lo qué quieren decir las palabras,
prosodias y sintaxis,
y ese amor que quizá sólo es una falta
de amor que se me abre
en la quiebra y mitad de la esencia de mí?
Porque además, ¿quién sabe
lo que quiere decir ese nombre, ‘Tú’, ‘Tú’,
que a todos se reparte
a fin de que nadie le tenga por suyo
y tú no seas nadie?
Pues lo mismo que Tú se llamaba lo vemos
llamarse Yo al istante;
conque a fin, yo no soy tú, eres yo. O mejor,
 a ti he de preguntarte :
<<  ¿ Es que yo eres tú ? ¿ Es que tú soy yo ? >> ;
responde, no te calles;
¿ o tendré que venir de mí mismo yo solo
al fin a enamorarme ?
Mírame, al fin y al cabo, no soy tan feo,
más bien gentil y amable;
no se vive conmigo tan mal: he juntado
en mi baúl bastantes
provisiones de nueces, de vino y de libros,
para pasar las tardes
en la cama tumbados, por la claraboya
viendo el cielo apagarse.
¿ No querrás compartir lo que tengo?  ¿ No puede
ni dársele algo a alguien ?
Pero es noche caída; el espejo se borra
y no responde nadie.
Por lo menos ¿ me oyes ?  ¿ Sonríe tu sombra
en el desierto aire ?
Puede ser que tú seas no más teoría
para intelectuales;
pero aquí estoy solo en mi cuarto, y tu falta
¡Cómo es real y grande!


Agustín García Calvo. Canciones y Soliloquios. Pág. 117

Notar, en este maravilloso Soliloquio de Agustín, que lo que hace aquí, es un diálogo que no puede más que estar perdiéndose en lo sin fin, << que no puede tener un fin >>,  y de hecho podrían ser miles y miles de versos más, y poco de mucho, o mucho de nada, cambiaría  la demostración que nos quiere hacer sentir, seguiría su vigencia igual, si uno la siente bien. Si uno siente bien esa perdición a dónde le lleva la misma pregunta de: “¿quién tú?”, “¿quién yo?”,”¿dónde sus amores?”, “¿a dónde aquellos deseos?”, que nos lleva inevitablemente al camino de su falta, y al preguntarse por ella, “¿quién era ella?”. Y no pudiendo llegar a contestarse ni razón ni sentimiento, por el abismo al que se asoma, que no puede de dejar de estar cayendose en él esa pregunta, nos descubre la no doma de un sentir desmandado. Era la domesticación de esas preguntas sin fin las que han inventado el Tiempo. Era sentir que eso del Tiempo no era más que una Ideación finita de los sentimientos, que cualquiera, desde uno más suelto, hasta lo más educado, podía descubrir. Os dejo unas palabras muy clarificadoras de Isabel Escudero (, en su libro “Digo Yo” , en el ensayo “Una Utopía para el Siglo XXI”:  “Estamos siempre << cayéndonos del presente>>, cayéndonos del ahora,  en el pozo del sinfín. Sobre todo se nos presentó siempre la cuestión de la Utopía en su conexión con el Futuro". "Si observamos en el ensueño de nuestras utopías sentimentales, nuestras añoranzas se alimentan también de algún rastro de pasado incierto, de algún recuerdo no histórico, que vuelve vivo una y otra vez, y cada vez  más vivo cuanto más lejano y perdido. Cuando nos invaden las ensoñaciones sobre algo deseado y, al parecer todavía no sucedido, la cosa se presenta como empujada desde atrás, como un recuerdo desplazado hacia delante –de alguien que soy yo y no soy yo al mismo tiempo– y que se vive como un <<pasado porvenir>> en vez de cómo un futuro, de tal suerte que, a veces, en el lenguaje poético se dicen cosas como, por ejemplo: << Recuerdo que moriré en París una noche de lluvia >>, y que esta formulación contradictoria no nos violenta, sino que nos parece lógica y verdadera, aunque desde luego poco o nada tenga que ver con la Realidad y el orden del Tiempo”. La falta ha de ser entendida por aquí, como que estamos hechos en ella, y desde ella tenemos noticias de alguna forma “existencia”, ella, nosotros y alguna clase de tiempo. La falta cae también en ese pozo sin fin, está siempre volviendo en forma de reviviscencias, no termina de nunca de pasar, como tal vez lo sería un verdadero tiempo, y  no como le acontece al Tiempo, hecho Idea. Ahora, ya no es ahora. Y no el Tiempo Ideado y ordenado desde Arriba, que esa sí que es pura no vida, en la que nadie vive.



  (*) (Digo yo: Ensayos y cavilaciones). Está digitalizado y colgado en la red. Isabel Escudero Rios, DIGO YO: Ensayos y cavilaciones. Editorial Huerga y Fierro, Madrid, 1997 https://books.google.es/books?id=Di4mT5Bi_kQC&lpg=PP1...

domingo, 19 de julio de 2015

DE CUERPO PRESENTE

Eduard León López
 DE CUERPO PRESENTE 
Agustín García Calvo


   Esto que ha dicho en alabanza inmerecida de mi Pilar Pedraza tal vez pueda interpretarse de otra manera: tengo la costumbre de que cuando me mandan hablar de algo, pues lo que hago es que hablo de eso, y esto es una cosa inusitada. Me he dado cuenta de que eso no sucede nunca, sino que lo normal es que la gente cuando se pone a hablar de algo pues se ponga a hablar de la literatura acerca de la cuestión, de la filosofía anterior acerca de la cuestión, de tal forma que se evita cuidadosamente el peligro de llegar nunca a tocar el asunto mismo. Entonces, bueno, pues tal vez esto sí que es una costumbre que pueda reconocer como mía, y cuando bajo este título un poco superferolítico que liga el cuerpo con la posmodernidad se me ha mandado hablar de algo, pues me he decidido a hablar verdaderamente de eso, y el título que le he puesto a la intervención “De cuerpo presente”, como veis, tiene motivaciones: no sólo una, más de una motivación.
    Lo primero que quiero hacer costar con la claridad que me sea dado es cómo eso del cuerpo, la presencia del cuerpo, es una derivación de la previa aparición del alma, de una u otra manera. De tal forma que sin esta previa aparición del alma, de ninguna manera  podría haberse desarrollado una cosa como ‘el cuerpo’, que hoy tanta importancia tiene entre nosotros en la posmodernidad o en la contemporaneidad y que tanta ha tenido a lo largo de toda la historia. La historia en verdad es una cosa bastante corta, a penas tiene 7000 u 8000 años desde que tenemos algún registro escrito, si lo comparamos con todo  aquello a lo que los historiadores mismos aluden como ‘prehistoria’, donde esos 7 o 8000 años se pierden casi como en una infinidad, esos por lo menos 500.000 años desde que se habla en este mundo. Al lado de eso la Historia es corta y los escritos que caracterizan a la Historia nos permiten, si queremos, recordarla bastante bien, tener una memoria fresca de cómo es eso de la creación del cuerpo, a consecuencia y por derivación de la creación del Alma.
Me voy a limitar a recordároslo con respecto a Homero, que es lo que estos días me traigo más entre manos (estos meses) tratando de rematar una especie de versión rítmica de la Iliada, de nuestro arranque de toda literatura. Pues bien, allí no está el cuerpo ciertamente. Y que coste que Homero ya, dentro de esos 7 o 8000 años es una cosa muy avanzada, es casi ayer: pues todavía no está el cuerpo. Hay palabras que os voy a recordar, que alguno tendría la tentación de traducir así. Hay una palabra como ‘démas que quiere decir algo así como “trazo” o la traza de una persona, y hay palabras como ‘chrōs y otras derivadas que quieren decir algo como el color, la color y por tanto la piel, y que muchas veces parece que tenemos, la una como la otra, que traducir por ‘cuerpo’, pero indebidamente, porque no son más que eso. La palabra ‘sōma, que es la que habría de tener más éxito, esa prácticamente no aparece en los poemas homéricos, y desde luego tampoco tiene el sentido del cuerpo humano ni mucho menos. ‘Sōma’ es en todo caso algo parecido a cuerpo o a masa de una cosa cualquiera, viva o no viva, tal como nosotros decimos “cuerpo” hablando de que el papel tiene mucho cuerpo y cosas así. Es esta palabra, por cierto, aquella con la que mucho más tarde los filosofantes hicieron el juego de palabras que seguramente habréis oído alguna vez. Era hacerle jugar con la palabra ‘sēma’, que quiere decir en general ‘signo’, pero en concreto  también ‘monumento sepulcral’, ‘estela’, ‘muerto’, cosa que para mi propósito tiene mucho que ver. No es que tengan nada que ver las dos palabras de verdad, históricamente: es un juego de palabras de los filosofantes. Podía haberlo hecho el profesor Lacan en nuestros días de una manera muy parecida. En cambio, aparecen las almas como algo en principio que se contrapone a lo que nosotros diríamos “la persona”, “el sujeto”.  Esto es un poco difícil de entender porque el curso de la historia ha hecho que para nosotros el alma haya tenido que evolucionar en el sentido de venir a ser “el Yo”, “el sujeto”. Por tanto, es muy sorprendente encontrar que la Iliada justamente empieza diciendo eso: “… y a muchas [hablando de la ira de Aquiles] almas valientes de semidioses las mandó al Hades … y a ellos los dejó para presa o cebo de todos los perros y los pájaros” Esto nada más abrirse la Iliada. De manera que apenas se puede encontrar un lugar mejor para notar la ausencia de esta cosa que nosotros llamamos ‘cuerpo’. Está claro que las almas, psychás / psyché, están inventadas antes, pero inventadas justamente como ahí, como almas que se van al otro mundo, generalmente concebido como sombrío y subterráneo. A veces en el trance de ir para allá (las conduce Hermés psychopompós, Hermes conductor-de-almas) y por tanto está claro lo que os quería decir: las primeras almas que aparecen son, como es razón, las de los muertos. Son, como dice nuestra gente, las “ánimas de difuntos”, y son estas almas de muertos que aparecen las que evidentemente van a condicionar, ya desde antes de Homero, aunque en Homero apenas todavía aparece, la creación de eso a lo que nosotros llamamos por contraste ‘cuerpo’, que empezará como es natural siendo cuerpo en el sentido de cadáver igualmente. Hay palabras para ‘cadaver’ en Homero: hay nekús y hay nekrós, pero muchas veces eso es lo único que podríamos traducir por ‘cuerpo’ en el sentido en que nosotros lo empleamos: “el campo de batalla estaba cubierto de cuerpos”, y ya se sabe qué cuerpos. Los cuerpos de los muertos, que surgen por contraste con esas psuchaí, con esas creaciones de las “ánimas de difuntos”, son cuerpos en el sentido al que también la locución que he tomado para mi título alude, de una manera muy curiosa: “De cuerpo presente”, como si se quisiera hacer costar que es esa la situación (la de la muerte) en que por fin, con certidumbre, el cuerpo se ha hecho presente, ha aparecido. Como si se hubiera renunciado a todas las demás fantasías de los cuerpos vivos y la locución popular reconociera ahí, por fin, la presencia del cuerpo. Fielmente, según os iba exponiendo, a los orígenes.
Por supuesto que de Homero para acá la historia ha ido muy deprisa y además en general cada vez más deprisa y ya en el mundo antiguo todos los horrores que hoy voy a someter a crítica ya estaban bastante desarrollados. Entre los romanos y griegos del Imperio, entre los Santos Padres de la Iglesia ya había aparecido todo aquello de “el cuerpo” de los vivos, pero tomado como decía el filosofante, como séma, como tumba para esa cosa, para ellos viva y sumamente apreciable que era el espíritu o el alma o como se le quisiera llamar. Se le insultaba también llamándola sárx, ‘carne’ (sárx, en griego, caro-carnis, en latín), y con estos nombres que inevitablemente recuerdan a la carnicería y al degüello de los animales, los Padres cristianos en especial se complacían en hacernos bien patente la evidencia de que ya el cuerpo se había creado y desarrollado y, al mismo tiempo, que se le condenaba, evidentemente, porque entre tanto el alma había pasado de ser aquella alma de difuntos a ser el verdadero principio de la vida, la espiritualidad, y, en definitiva, la salvación eterna. Todo ello de una manera sumamente lógica (esta lógica me hubiera gustado tener más tiempo para seguirla paso a paso, pero os la tengo que dar así, a grandes trazos, y si después queréis que se vuelva en el coloquio sobre alguno de estos pasos, ya me lo diréis).
Tenéis que reconocer las enormes ventajas de un cuerpo muerto, de un cuerpo de cuerpo presente, enormes ventajas para tratarlo, para, incluso, denominarlo. Fijaos bien que, si no, un cuerpo vivo es una cosa fugitiva, huidiza, que se escurre entre los dedos, que incluso puede llegar a la desfachatez de cambiar de nombre: ¿por qué no? Puede cambiarse de identidad. No es un caso demasiado estraño en la historia de nuestro mundo: el cuerpo ha cambiado de identidad. Hay muchos malhechores especialistas en cambiar de nombre. Se supone que su cuerpo sigue por debajo fluctuando, mientras va sometiéndose a estos cambios de identidad. En definitiva es algo sospechoso, poco de fiar, algo que está dispuesto a escapársenos y a no podérsele tratar, denominar con seriedad, manejar desde arriba. ‘Desde arriba’, que, como veréis a lo largo de toda esta exposición, quiere decir lo mismo: el alma (para decirlo con el nombre viejo. “El yo”, por decirlo con uno más moderno), las altas regiones de la espiritualidad, que al mismo tiempo quiere decir también esas mismas altas regiones en lo público, es decir, el Estado y el Capital. Difícilmente podrían tratar con otra cosa que no fueran cuerpos muertos.
No tiene por tanto nada que estrañarnos que en esta dialéctica todo el intento sea que los cuerpos vivos, fugitivos, inasibles, sospechosos, se parezcan por lo menos todo lo posible a cuerpos “de cuerpo presente”, a cuerpos muertos, y la mayor parte de los horrores que hoy os voy a sacar a luz, os voy a rememorar, pues vienen a ser muestras de este proceso de administración de muerte que nos caracteriza.
Un cuerpo vivo es sobre todo un cuerpo que no es de nadie (ya he aludido incluso a cómo puede cambiar de nombre). Es un cuerpo que no es de nadie, que no está sujeto a la ley de la propiedad, que no tiene, por tanto, un estatuto jurídico determinado. ¿Por dónde se agarra eso entonces? He ahí la gran dificultad y el gran peligro. Es preciso que el cuerpo, para podérsele manejar desde arriba, sea de alguien, esté sujeto a la propiedad, cumpla las condiciones de un verdadero estatuto jurídico. ¿Qué os estoy diciendo? Pues una cosa que en muchos otros sitios comprobamos: que la natura secunda de los escolásticos se ha convertido en la natura prima. No hay otra. La naturaleza segunda, es decir, la jurídica, la legal, la fundada en la relación de propiedad, en el “de quién”, se ha convertido en la verdadera naturaleza. Y lo otro que pudiera haber por debajo, la natura prima, aquello a lo que la prehistoria o el paraíso aluden de diversos modos, eso ha quedado reducido a un mero pretesto para la verdadera naturaleza dominante, que es la jurídica, la legal, la que era secunda y se ha hecho prima.
De los horrores que comporta la sujeción del cuerpo a la propiedad no voy a daros más que dos recordatorios, aparentemente muy separados, pero que espero que dentro de la rapidez de esto se pueda ver cómo están enlazados. Uno es en nuestros tiempos mismos (a lo mejor son “la posmodernidad”. Yo nunca he sabido qué diablos es eso, se manera que a lo mejor estos tiempos que no son tiempo ninguno en los que os estoy hablando son la posmodernidad. Vaya usté a saber). En nuestros tiempos mismos se oye mucho a las mujeres, y muchas veces a las más ilustradas y revolucionarias proclamar: “soy dueña de mi cuerpo”, o “yo con mi cuerpo hago lo que quiero”. Uno se queda, más que perplejo, triste. Profundamente triste, ya que, evidentemente, cuando estas barbaridades se dicen, pero se dicen con tristeza y pesadumbre, todavía pasa, pero cuando se dicen con alegría y con tono revolucionario, entonces, verdaderamente uno se hunde en la desesperación más profunda. Se proclama la sujeción de eso que podía quedar vivo, justamente al Alma o el Yo o la Persona, que, claro, a las mujeres, el sexo dominado a lo largo de la Historia, en la mayor parte de los casos, no se les ha ocurrido mejor camino que imitar al sexo dominante, a los hombres, y llegar a tener una personalidad, y, claro, desde el momento en que ellas ya tienen una personalidad, que tienen un alma, que algunos rigurosos poderes de algunas iglesias de otros tiempos les negaban… pues… ¡pobre cuerpo! Se acabó. Entonces, es mío; hago con él lo que quiero, es decir, lo declaro sometido a las potencias, a las facultades  superiores, que es lo mismo –os recuerdo- que sometido a las potencias superiores públicas, al Capital y al Estado. No hay diferencia alguna. Se le declara sometido a esto, y en este honor de tener un cuerpo, de que el cuerpo sea mío, es donde teneís que ver la esencia de todo lo que estoy denunciando. La enorme cantidad de putadas que con ese pretesto, con ese fundamento jurídico se le hacen al cuerpo, serían una lista de nunca acabar. Todos las conocéis más o menos: como el cuerpo es mío, por ejemplo, puedo, ahora que llega el verano, puedo si me da la gana torrefactarlo en una playa. Es mío. ¿Quién me lo impide? Como el cuerpo es mío, pues puedo hacerle tener un niño. No porque mi cuerpo tenga el pobre a lo mejor ninguna necesidad de natura prima, sino porque yo, señora Fulana de Tal, necesito o quiero, o me parece que debo tener un niño y entonces, pues para eso está el cuerpo. Se le manda … y ¡a tener un niño!, a parir sea como sea en honor del más alto siempre, o de la más alta, que es lo mismo.
Bueno. Todas las demás putadas que se le hacen al cuerpo fundadas en que es mío  serían lista interminable. Podéis seguir vosotros con la serie.  Por ejemplo, al cuerpo se le hace hacer gimnasia. ¿Por qué? No porque tenga el cuerpo en un momento dado ganas de triscar por las praderas, ni de saltar, ni de nadar. No: porque efectivamente hay un señor, en lo alto, que ha decidido que para él, para su identidad, su desarrollo y su progreso es conveniente hacer gimnasia y también porque por ese procedimiento puede llenar un tiempo vacío que amenaza con tragarlo. Entonces, ¡Pobre cuerpo!, pues a hacer futin y a gimnasia y a batir marcas, que son marcas de Fulano y de Fulana, marcas particulares, en que es, por supuesto, siempre el Alma la que llega la primera. Utilizando para ello el cuerpo, pero la que bate la marca es, evidentemente, el Alma.
En resumen: no hace falta que, como se nos recuerda de otros tiempos de la historia, haya una esclavitud en el sentido literal de que uno, el señor, el rico, puede comprar el cuerpo de otro. Esto era la forma, digamos, histórica ya, pero tosca, del desarrollo que os estoy denunciando. Cuando en la antigüedad misma todavía, efectivamente, se podía comprar  un hombre o una mujer, si eran un hombre fuerte o una mujer hermosa, se podían comprar pues, que se yo, a lo mejor por un equivalente de 140 o 150 millones de pesetas en la antigüedad, en los tiempos de la Comedia Antigua. Esto era, efectivamente, una muestra violenta, tosca, del sometimiento del cuerpo, esa cosa problemática, viva, al derecho de propiedad, a lo jurídico; pero con el desarrollo, estas formas toscas han progresado y ya no es necesario que haya esclavos literalmente, porque cada uno y cada una se encarga de tratar a su cuerpo como una propiedad y por tanto hacerlo su esclavo y hacerle las putadas que acabo de recordaros entre otras miles que os podría seguir recordando. Así es como se interioriza la esclavitud y la relación de propiedad en general.
Esta aparición de la cosa quería relacionarla con el desarrollo de la religión en forma de Ciencia. Antes os he recordado la manera vehemente y encarnizada, sañuda con que los viejos Padres de la Iglesia trataban la aparición del cuerpo: lo ligaban con el demonio, con el mundo, como sabéis por los catecismos. Bueno, hoy la única religión verdadera es la Ciencia, como todo el mundo sabe. Las demás quedan en un estado de restos, simplemente, para hacer contraste y ratificar el poder de la verdadera religión que es la Ciencia.  Pues esta ciencia, en dos palabras,  es una religión que, como todas las otras, pero de una manera al mismo tiempo más perfecta y más disimulada, pretende saber la naturaleza. Es decir, saber aquello que está detrás del lenguaje como olvidándose de que ella misma, la ciencia, es un caso de lenguaje. Pretende saber lo que hay detrás, saber la naturaleza. Con esto se crea, se costituye la Realidad. Esto que se nos vende y que se nos hace sentir como realidad. Gracias a esta pretensión de la ciencia de no ser ningún juego lingüístico, sino de saber lo que hay detrás, saber lo que hay más allá. Bueno, pues no creo que deba de insistir mucho para que relacionéis unas apariciones, las del tipo de “yo soy dueña de mi cuerpo” con esta pretensión de la Ciencia. Están íntimamente ligadas: saber de la naturaleza quiere decir necesariamente ocultar la infinitud y, por lo tanto, la contradicción, crear una realidad aparentemente cerrada y manejable y por tanto darnos el mismo cambiazo: sustituir algo desconocido, sin fin, por algo conocido, sabido y por tanto sometido. Si esto no os queda lo bastante claro, luego me lo diréis. Quiero decir la conexión entre las apariciones científicas y las otras en este proceso. Entre las ciencias, la más a ras de tierra de todas, la medicina, me va a ocupar también por un momento por la especial relación que tiene con este proceso. Tenemos muy rápidamente que darnos cuenta o recordar, si ya otras veces nos la hemos dado, que esto que tratamos y cada vez más y más insaciablemente como enfermedad, no consiste en otra cosa que en la conciencia de eso a lo que llamamos cuerpo.  Es decir, no consiste en otra cosa que esto que estoy denunciando todo el rato como sometimiento a idea, a concienciación, de algo que al principio o por debajo podía estar libre de ello, ser indefinido, vivo, a lo cual ligo el proceso de administración de muerte. Esta conciencia, este saber del propio cuerpo (“propio cuerpo”, es decir un cuerpo ya sometido a las relaciones de propiedad), como la Ciencia en general pretende saber de la naturaleza (la pobre, convertida ya en mera realidad), esta conciencia es sin más la enfermedad. No es otra cosa.
         


NOTA:
Este texto corresponde a una parte a la trascripción de una Charla dada por Agustín en la Facultad de Filosofía, puede que por el año 94. La charla no está completa, pero ya se puede disfrutar así... Damos las gracias a Roberto por ello, y por siempre más, porque sin su ayuda, poco por aquí hacemos.





El fantasma del paro. El País 18 - 07 - 1985


El fantasma del paro  

Resulta curioso, interesante, hasta gracioso a veces (cuando se le puede mirar desde una cierta distancia y con el rabillo del ojo), este mundo de los mortales: lo ingeniosos que son estos monos sin pelo en inventar artilugios para alcanzar el plátano de la manera más eficaz y rápida posible, y así poderse dedicar a balancearse de la liana o a arrascarse las pulgas uno a otro, y cómo luego se las arreglan también para inventarse fantasmas que inutilicen las ventajas de sus artilugios y vuelvan a condenarlos a vivir pendientes del asunto, del ganarse la vida, que ellos dicen, como si tuvieran que cumplir una maldición originaria arraigada para siempre en sus corazoncitos. Fantasmas de ésos muchos vagan por este mundo, cada uno dedicado a sus servicios especiales y todos juntos al de Dios: está, por ejemplo, el de la guerra, siempre futura, que es un fantasma imprescindible para conseguir que esto se llame paz y que la gente se lo crea y, en el temor de la futura guerra, no vean la guerra presente en todo esto, la demolición de las ciudades y el desolamiento de los campos, los caídos heroicos de carretera y fin de semana, que en unos cinco añitos de paz española igualan en número a los de la guerra civil pasada, etcétera; un fantasma, por cierto, que necesita, como todos, algo de carne y sangre para sustentarse, por lo cual se mantienen encendidas en los márgenes las guerritas perpetuas que aseguren la realidad de la guerra siempre-futura; y dentro del mundo propiamente dicho, otro fantasma de los de más éxito, el terrorismo, primera o segunda preocupación de cualquier Gobierno que se precie y, consecuentemente, de las almas de sus poblaciones, otra aparición de la guerra en miniatura, que, curiosamente, en vez de destapar un poco la mentira de esta paz, asegura la fe en la paz.
Pero hoy paremos mientes en otro de esos fantasmas, el del paro, segunda o primera preocupación de todo Gobierno progresado y, por consiguiente, según los sondeos periodísticos demuestran, primera o segunda de las ansiedades de los millones de almitas gobernadas.
¿Cuál es la raíz de ese fenómeno del paro y sus cifras alarmantes, aumentando en proporción con el progreso del progreso? Para el sentido común y el corazón ingenuo, la respuesta es clara (técnicos tendrá la Iglesia que se encarguen de embrollarla con sus cuentas y reírse sardónicamente de la ingenuidad de los corazones): la respuesta de sentido común consiste en que las máquinas y artefactos que se inventaron a partir de la iluminación moderna y en el arranque del progreso servían, a pesar de todo, para algo, para algo de lo que decían que servían, para ahorrarles esfuerzo a los hombres y suprimir la esclavitud y la mayor parte de los trabajos penosos y necesarios; de manera que, naturalmente, el resultado debía ser que la gente trabajara menos y que sobraran trabajadores por todas partes. Natural, ¿no?
"A pesar de todo" digo, que es un pesar muy grande, porque hay que ver lo que los servidores de Estado y capital han trabajado de entonces para acá a fin de conseguir que esos beneficios de las máquinas del progreso quedaran anulados: produjeron ellos, lo primero y más a mano, unas grandes guerras tremebundas y estrepitantes que, directamente, impidieran el disfrute de las máquinas útiles y promovieran la producción de otras muchas inútiles (nacidas para la guerra), y luego, con la reconstrucción, pusieran en marcha continuados esfuerzos y hazañas laborales (de la inercia de ese impulso vive todavía la máquina de los Estados de fe y economía mas perfecta, como Alemania y Japón, no por casualidad los grandes vencidos de la guerra). Pero, a la par con eso, y a medida que esas artimañas, relativamente arcaicas, de las guerras se iban agotando, han desarrollado ellos otros medios más eficaces de anular los beneficios de las máquinas con la fase que llamamos del. progreso progresado, donde la idea de progreso ha quedado asimilada por el poder y presta, como un molde, a reproducirse en el vacío y a volverse del revés, de modo que lo de menos sea que sigan produciéndose artilugios que sirvan para satisfacer necesidades y ahorrar esfuerzos, y lo de más sea que se produzcan artiluigios, cada vez más, destinados a fabricar necesidades y a aumentar, por consiguiente, los esfuerzos y ocupar el tiempo vacío que simultáneamente se ha creado; todo ello ligado con la transformación del capital en cifras de inestabilidad perpetua, con la creciente abstracción y complicación en el cálculo de los medios de subsistencia, a fin de tener más entretenidas a las poblaciones, calculando sus ingresos o la colocación de sus capitalillos, y alejarlas de cualquier peligro de descubrimiento del juego a que se las somete; y ligado también a la producción progresivamente acelerada de monitos pelones, e. e. futuros consumidores, acondicionados a desear y pedir lo que se les venda y sólo para eso condenados a seguir trabajando a cambio de un dinero cada vez más ilusorio, pero no menos tiránico por ello. En fin, ya saben el cuento: es la fase en que, por ejemplo, una vez resueltos, con el ferrocarril, cualesquiera problemas de transporte por tierra que pudieran presentarse, se procede a imponer a las poblaciones los trastos, en verdad ineficaces, pero enormemente costosos y vendibles, del automóvil y la autopista; en que, atestadas ya las poblaciones de artilugios de entretenimiento y de información (radio, cine y demás), se procede a meterles por los ojos la televisión, que nadie había pedido ni añorado, hasta convertirla en centro esencial de compra de vacío, a la vez que nueva lumbre del hogar que dome y embobezca cualquier re sabio de inteligencia y rebelión contra el manejo que pudiera quedar en los resquicios de los corazones; la fase, en fin, en que, atendidas hasta la saciedad, con algunos esclavos mecánicos útiles (tractores, cavadoras, hasta lavadoras, sí, señora; hasta contables mecánicos, señor, si le ha cían a usted tanta ' falta), cuales quiera necesidades previas, se procede a colocarles a las poblaciones una cacharrería de autómatas destinados a necesidades que los propios fabricantes tienen que ir inventando (y se ven negros) y fabricándolas a medida que inventan y fabrican los autómatas. Sí, no puede decirse que hayan estado de brazos caídos los servidores de capital y Esta do en el desarrollo de procedimientos para inutilizar los beneficios reales de las máquinas y conseguir que la esclavitud al trabajo y a la preocupación sea tan pesada y más que en cualquier tiempo. Y sin embargo, a pesar de todo eso, se ve que las máquinas del progreso eran tan útiles, tan buenas, que todavía la cantidad real de trabajo necesario disminuye, que todavía sobra tiempo libre (e. e. no ocupado por trabajo, por más vacío que ese tiempo sea), y como resultado de ello, ahí está el paro y sus cifras progresando año por año y llenando de honda preocupación a Gobiernos, empresarios, trabajadores y parados.¿Qué se hace ante eso? ¿Se hace algo de lo que el sentido común parece que a cualquiera le indicaría? ¿Se reparte entre la gente, por turnos de horas o de días, o de meses, fáciles de establecer sin grandes contabilidades, el poco trabajo real que haya, motivado por necesidades o placeres verdaderos, no inventados ad hoc ni impuestos desde arriba? ¿Se deja que así, trabajando cada uno un par de horas algún que otro mes del año, que es lo que viene a hacer falta, reciba los mismos medios de sostenimiento y de disfrute, y se le deja suelto, sin venderle divertidores del vacío, el resto de su tiempo, a ver si a algunos por lo menos les pasa algo? ¡Quita de ahí, hombre! Eso sería consentir que la razón común rigiera por un momento, con peligro para todo el orden constituido.
¿Qué se hace entonces? Gobierno y empresa, por supuesto, son los primeros interesados en que las máquinas no sirvan para lo que sirven, y que nadie sospeche que a lo mejor no hacía ya falta trabajar. En consecuencia, en vez de distribuir el poco trabajo necesario, promueven el fantasma del paro y lo promocionan a toda costa. Se avienen gustosamente empresas y Gobiernos a despilfarrar sumas ingentes del presupuesto en subvenciones a los parados, para pagarles el paro (e. e. la expectativa del trabajo), calculando por lo bajo que, por mucho que les cueste irles pagando un par de añitos de paro a los parados, por más que con ese mismo dinero podrían seguramente (empezando, por ejemplo, por los servicios públicos serviciales) establecer empleos de media jornada o de medio año (cubriendo incluso, con los turnos oportunos, los desiertos de las noches y los domingos, y asestándole de paso un palo al fantasma de la delincuencia), que absorberían de inmediato el contingente de parados, siempre les tendrá cuenta ese despilfarro mejor que no consentir que las poblaciones dejen de estar pendientes del trabajo, por presencia o por ausencia, y descubran acaso una punta de la verdad; y así, lógicamente, declaran el paro su desvelo favorito, y les prometen a las poblaciones para el año que viene..., ¿qué? Pues ¿qué va a ser? Trabajo para todos.
Pero ay, ¿y qué hacen en tanto por acá abajo las poblaciones? ¿Qué hacen las legiones de parados? Pues nada: demostrar una vez más que Estado o capital y yo somos todos el mismo, y que no hay manejo desde arriba que se imponga si no es gracias a que el aparato del poder está incorporado en cada una de las almas de los súbditos y clientes. ¿Se dedican los parados a disfrutar alegremente de su desocupación, manteniéndose con el uno o dos añitos de seguro de desempleo, o con las tareíllas ocasionales que les caigan, o con el honesto gorroneo de las familias y los amigos trabajadores, poniéndose entre tanto en peligro de que se les ocurra hacer algo imprevisto y maravilloso, algo que no esté hecho (pues es la creación justamente lo contrario del trabajo, que se define por estar destinado a hacer lo que está hecho), en agricultura, en música, en astronomía, o si no, a vagabundear por ahí gozosamente o tenderse gloriosamente a la bartola? Nada de eso: llevan el hormiguillo del trabajo dentro, y acondicionados como están a que su vida sea toda futuro, viven en ansia del trabajo perdido o no alcanzado, aspirando a la colocación laboral como a la salvación del alma de cada uno, y claro, así no es vida. Así es como también por acá abajo se liquidan las posibilidades de vida y entendimiento que, muy a pesar del aparato, por algún fallo de su perfección, les abrían las máquinas a los hombres.
¿Y qué hacen, por su parte, los revolucionarios, los líderes de la oposición más zurda y los más rojos estandartes? Pues nada, ya se sabe: como son, después de todo, bieneducados y realistas, ¿qué van a hacer? ¿Van a aprovechar el paro para guiar a sus masas hacia el reconocimiento de la falsa necesidad del trabajo, para proclamar el derecho al paro y al hacer otras cosas que no sean, trabajar? ¿Van ellos a ponerse a reclamar la institución de turnos en fábricas y oficinas, repartiendo entre todos lo poco de trabajo que haga falta? Ea, menos bromas; no, señor. Se dedicarán, por el contrario, a luchar por el pleno empleo y por la creación... ¿de qué? Ya saben: de más puestos de trabajo, implicando, por supuesto, en armonioso acuerdo con empresas y Gobiernos, la creación de nuevas industrias inútiles, y hasta bélicas si es preciso; y hasta tan hondo tendrán tragado el anzuelo que puestos de trabajo será su obsesión predilecta, puesto que presumen (y al presumirlo, ayudan a realizarlo) que ésa es también la obsesión primera de las masas que dirigen hacia el día final de la justicia; y será puestos de trabajo el más fuerte talismán que les impida hacer nada... ¿Iba a decir revolucionario? Nada liberador -digamos, más modestamente-, nada que no esté hecho de antemano.
Bueno, ¿y ahora puede hacerse algo contra esa falsificación del problema del paro? ¿Algo que haga del paro no el melancólico acompañamiento del himno triunfante del trabajo, sino revelación de que las máquinas servían de veras para liberarnos de la esclavitud? ¿Puede hacerse algo contra un fantasma tan falso como real?
No lo sé. Son Ellos (con mayúscula) los que saben; son Ellos los que saben que lo que ha pasado con el progreso no sólo es lo que ha pasado, sino que es lo que tenía que pasar, porque saben que la humanidad avanza por un camino, para que así, lo mismo que lo que ha pasado es lo que tenía que pasar, análogamente vayamos hacia un futuro que Ellos saben (saben incluso que en el futuro está el automóvil, y los millones que tendrá México City en el año 2150, cuando el 2000 se les va quedando un poco corto, y cuántos autómatas por año se darán a luz en la India progresada del mañana), hacia un futuro que garantice que nunca pase nada más que lo que ya ha pasado.
Por mi parte, no lo sé. Pero, por si acaso sirve para algo (que nunca se sabe), bien será que por acá abajo las gentes de sentido común y los corazones ingenuos piensen tranquilamente, sin dejarse engañar ya más por información de técnicos vendidos de la economía ni distraer a fuerza de pantallazos televisivos, que las cuentas que ellos inocentemente se echan sobre la cuestión del paro son el único cálculo razonable; que con las máquinas y los adelantos del progreso no hay ninguna necesidad verdadera de trabajar ya casi nada ni de seguir progresando por la vía del futuro. Y que lo que hace que las máquinas y esclavos automáticos no nos cumplan las promesas que traían en sus entrañas, no nos liberen del trabajo y del miedo del futuro, eso no es ninguna fuerza natural ni fatalidad histórica, sino que son, en primera instancia, el interés y la necesidad de sustento del capital y del Estado, y en segunda instancia, por debajo de esos intereses mismos, y más verdadera que ellos, la maldición con que cargó el dios de los ejércitos del sábado a los monitos al arrojarlos de su selva, que no pudieran creer nunca que lo bueno es lo bueno, sino que tuvieran que creer siempre que lo bueno es la penitencia, el sacrificio, el trabajo, la diversión, la muerte.

¿A.G.C.? 
Editado en Que no, que no.